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Las Glosas Emilianenses (siglo X) son el primer testimonio escrito de la lengua aragonesa. Esta afirmación, que se opone a la que considera dichas glosas como castellanas, se sustenta en el análisis lingüístico, en los que muchos de los rasgos aparecen como claramente aragoneses. Es el caso de -it- resultante de -ct- (muito, feito), de la diptongación ante yod (uellos, tiengo), o de ciertas formas verbales, como las del verbo ser, y léxicas.
Pero no será hasta los siglos XII y XIII que el aragonés comenzará a tener mayor presencia en los documentos escritos. De este período, destacan el Liber Regum -primer texto histórico en una lengua románica peninsular- y el Vidal Mayor, donde aparecen compilados los fueros de Aragón. Textos como Razón feita d'amor, el Libre dels Tres Reys d'Orient o la Vida de Santa María Egipciaca presentan asimismo claros rasgos aragoneses.
Ya en el siglo XIV, despunta la personalidad de Juan Fernández de Heredia, humanista, historiador y autor de la Grant Crónica d'Espanya y de la Crónica de los Conquiridores, entre otras obras. Fue también quien se encargó de traducir al aragonés obras clásicas de la Antigüedad, como las Vidas Paralelas de Plutarco. No obstante, el aragonés utilizado en estas obras presenta ya un claro polimorfismo, en el que aparecen castellanismos, catalanismos y cultismos que suponen un freno en la expresión de la lengua propia. Más aragonesa se presenta la Crónica de San Juan de la Peña, del mismo siglo. También se realizan otras traducciones en esta época, como la del Libro de Maravillas del Mundo, libro de viajes de John Mandeville.
A partir del siglo XV, con la entrada de dinastías castellanas en Aragón, la lengua aragonesa sufrirá un progresivo desprestigio social que repercutirá en su literatura. Los versos de Eiximén Aznáriz serán lo más destacable de un siglo en el que los escritores aragoneses irán adoptando, en su mayoría, la nueva lengua de la corte y de las capas altas, el castellano. De este modo, el siglo XVI verá ya escritores aragoneses en lengua castellana, en la cual contará con autores de la talla de Baltasar Gracián o los hermanos Argensola. No obstante, estos siglos seguirán viendo una importante presencia del aragonés en la literatura aljamiada (escrita con grafía arábiga), como se aprecia en el Poema de Yuçuf, estudiado por Menéndez Pidal y en muchos manuscritos y fragmentos de obras como las Mil y una noches.
La lengua aragonesa, convertida cada vez más en una lengua de ámbito rural y familiar, adoptará en los siglos siguientes un carácter marcadamente popular. El siglo XVII contará con escritores aislados que, conscientes de las diferencias entre el habla del pueblo (aragonesa) y la adoptada por los escritores, mirarán de remedar aquélla para dar mayor realismo a sus obras. Será el caso de la abadesa Ana Abarca de Bolea, autora del poema Albada al Nacimiento, y también de las "pastoradas" del siglo XVIII, en las que el "repatán" se expresará a menudo en aragonés.
Los siglos XIX y XX verán un cierto renacer de la literatura aragonesa, si bien su condición de idioma minorizado y falto de una seria referencia estándar hará que los escritores traten sus temas, a menudo localistas, en su propia variedad dialectal del aragonés. Así, en 1844 aparece en aragonés de Almudévar la novela Vida de Pedro Saputo, de Braulio Foz. Ya en el siglo XX destacan: en dialecto de Hecho o "cheso", las comedias costumbristas de Domingo Miral y la poesía de Veremundo Méndez; en ribagorzano de Graus, los escritos populares de Tonón de Baldomera y los versos de Cleto Torrodellas; en aragonés del Somontano, los relatos costumbristas de Pedro Arnal Cavero, así como la popular novela de Juana Coscujuela, A Lueca, istoria d'una mozeta d'o Semontano.
Los años posteriores a la dictadura suponen una revitalización de la literatura aragonesa, que ahora persigue un modelo más estandarizado o supradialectal. Numerosos estudios filológicos sobre las diversas hablas aragonesas ayudarán a adoptar una visión conjunta del idioma. 1977 será el año de la primera gramática escrita del aragonés, a cargo de Francho Nagore. En 1972, Ánchel Conte publica el poemario "No deixez morir a mía voz". E. Vicente de Vera publica "Garba y augua" (1976) y "Do s'amorta l'alba" (1977). A partir de los primeros años, crece el número de autores en lo que se dará en llamar aragonés literario o común (I. Almudévar, F. Rodés, Chusé I. Nabarro, M.Santolaria, etc.) por oposición al aragonés local o dialectal, que también se sigue cultivando en obras como las de Nieus Luzía Dueso, en dialecto de Gistau o "chistabín", o las de Ana Tena Puy o Carmen Castán, en ribagorzano. Asimismo crecerá en estos años el número de premios literarios que fomentan la creatividad literaria.