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Las relaciones políticas, guerreras, religiosas y literarias que existieron entre Italia y España desde la mitad del siglo XV, hicieron que existiera una especie de sincretismo cultural entre estos dos países. Las obras literarias españolas de mayor relieve se editaban o traducían en Italia. Así lo fueron el Amadís de Gaula, La Celestina, Cárcel de Amor, composiciones poéticas de Jorge Manrique, del Marqués de Santillana y producciones populares como romances, villancicos, etc. Otro tanto sucedía en España con obras italianas. Entre ellas, de Torcuato Tasso, Jerusalén Libertada. Los escritores del momentos que más se destacan en este período son Garcilaso de la Vega y Juan Boscán Almogáver.
Se le llama Siglo de Oro español a los cien años que comprende la segunda mitad del XVI y la primera del XVII. España estuvo gobernada en ese lapso por los Felipes, II, III y IV; el primero de ellos, hijo y sucesor del Emperador Carlos V de Alemania y primero de su nombre en España, por abdicación de éste, en 1556 tomó posesión del trono. El último mencionado, nieto de Felipe II, murió en 1665.
Durante la centuria anterior de ésta, España había alcanzado su mayor unidad y extensión territorial. Por herencias, conquistas, convenios diplomáticos o matrimonios reales, llegaron a estar sometidas al cetro de Carlos V, Nápoles y Sicilia; Flandes, Alemania, Hungría y Portugal, aparte de las nuevas y ricas tierras de América. Pues bien, a los Felipes les tocó perder una a una todas las tierras europeas. Esto ocasionó graves problemas, religiosos, políticos, internos e internacionales.
Durante la primera parte del Siglo de Oro, bajo Felipe II, monarca sobrio y religioso, florecen los autores místicos como Fray Luis de León y Santa Teresa de Jesús. El Renacimiento se nacionalizó con gran influencia italiana. La poesía se dividió en dos escuelas: la Salmantina (Fray Luis de León) y la Sevillana (Fernando de Herrera).
La Escuela Salmantina, entre sus características se encuentra que es concisa en el lenguaje, llana en la expresión, realista en el pensamiento; prefiere la estrofa corta y obtiene con ella muy delicados efectos, la naturalidad y la sencillez lo acompañan siempre, de lo cual deriva la espontánea elegancia de su producción. La Escuela Sevillana, en cambio, es grandilocuente, busca la forma y la pule de modo extremado, su obra es más de meditación que de sentimiento, más de documentación que de observación de la naturaleza y de la vida; prefiere la estrofa larga y la composición extensa y usa con exceso adjetivos y adornos recargados. Esta forma sirvió de base inmediata y de puente necesario para enlazar con las formas italianizantes, los movimientos poéticos que en el mismo siglo XVII se produjeron con los nombres de Conceptismo y Culteranismo.
Con el Barroco, la literatura perdió la serenidad que caracterizaba al Renacimiento haciéndose artificiosa, ornamental y muy realista en unos casos o muy idealizada en otros. En este período hubo dos grandes tendencias: el Culteranismo y el Conceptismo.
El Culteranismo tuvo su máxima expresión en la poesía. Buscó crear un mundo de belleza absoluta y empleó para ello una serie de recursos especiales que oscurecieron muchas veces lo que se proponía decir. Representantes de este movimiento son Luis de Góngora y Argote y Sor Juana Inés de la Cruz. En los diferentes países de Europa se presentaron, al concluir el siglo XVI e iniciarse el XVII, fenómenos análogos a éste como el Merinismo, en Italia y Alemania, el Preciosismo en Francia y, el Enfuísmo en Inglaterra.
A poco iniciado el Culteranismo en España, surge un movimiento en cierta forma contradictorio, llamado Conceptismo.
El Conceptismo debió su nombre a la asociación ingeniosa de ideas o palabras, es decir, conceptos, no para crear un mundo, sino para manifestar ideas, aún a costa de alterar el orden normal de la frase recurriendo a significados caprichosos. El Conceptismo tuvo su principal medio de expresión la prosa. El autor representativo de esta corriente es Francisco de Quevedo y Villegas.
Paralelamente a estos dos movimientos, muchos autores siguieron fieles a la tendencia renacentista por su serenidad formal de expresión, que no consideraban contraria a temas típicamente barrocos como el pensamiento de la muerte, el desengaño o la brevedad de la vida humana.
Al iniciarse el siglo XVI, las tierras descubiertas (Cristóbal Colón, 1492, Cuba y Santo Domingo; Juan Cabot, 1497, Terranova; Alonso de Ojeda, 1499, Ecuador; Vicente Yáñez Pinzón, 1500, Río de las Amazonas; Juan Ponce de León, 1512 La Florida; Vasco Núñez de Balboa, 1518, El Océano Pacífico; y Francisco Pizarro, 1525, El Perú), pasan a la categoría de tierras conquistadas. Descubridores y conquistadores narran sus hazañas, por alcanzar renombre o, simplemente, para conservar el recuerdo de cosas vistas y hazañas realizadas. Posteriormente, los frailes llegan para mediar la sed de oro y la afiliación de los indios a la fe católica, relatando las costumbres, creencias, ritos, los medios y resultados de dicha evangelización.
Desde un punto de vista literario, las crónicas escritas por hombres que vivieron los hechos que narran y a los que no animó propósito literario propiamente dicho, muestran el castellano del siglo XVI. Entre ellos se encuentran Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés, Motolinía y Fray Bernardino de Sahagún.El Siglo de Oro español
La Mística y la Ascética
Durante el reinado de Felipe II, que abarca los años de 1557 a 1597, la Literatura Religiosa en España tuvo su mayor auge. La religiosidad del monarca, el espíritu de la Contrarreforma y las costumbres de la época fueron parte en la extraordinaria importancia que ésta alcanzó.
La Literatura Religiosa es muy vasta, pues incluye:
La producción de los místicos del siglo XVI es de gran importancia, principalmente para el crecimiento y robustez del idioma. Las figuras de mayor relieve en tal género son los carmelitas San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, el agustino Fray Luis de León y el dominico Fray Luis de Granada.Culteranismo y Conceptismo
Los Cronistas de la Nueva España