Literatura española del Barroco

Table of contents
1 El Siglo de Oro español
2 La Mística y la Ascética
3 Culteranismo y Conceptismo
4 Los Cronistas de la Nueva España
5 La Novela Pastoril, la Histórica y la Picaresca
6 El Teatro en el Siglo de Oro español

El Siglo de Oro español

Las relaciones políticas, guerreras, religiosas y literarias que existieron entre Italia y España desde la mitad del siglo XV, hicieron que existiera una especie de sincretismo cultural entre estos dos países. Las obras literarias españolas de mayor relieve se editaban o traducían en Italia. Así lo fueron el Amadís de Gaula, La Celestina, Cárcel de Amor, composiciones poéticas de Jorge Manrique, del Marqués de Santillana y producciones populares como romances, villancicos, etc. Otro tanto sucedía en España con obras italianas. Entre ellas, de Torcuato Tasso, Jerusalén Libertada. Los escritores del momentos que más se destacan en este período son Garcilaso de la Vega y Juan Boscán Almogáver.

Se le llama Siglo de Oro español a los cien años que comprende la segunda mitad del XVI y la primera del XVII. España estuvo gobernada en ese lapso por los Felipes, II, III y IV; el primero de ellos, hijo y sucesor del Emperador Carlos V de Alemania y primero de su nombre en España, por abdicación de éste, en 1556 tomó posesión del trono. El último mencionado, nieto de Felipe II, murió en 1665. Durante la centuria anterior de ésta, España había alcanzado su mayor unidad y extensión territorial. Por herencias, conquistas, convenios diplomáticos o matrimonios reales, llegaron a estar sometidas al cetro de Carlos V, Nápoles y Sicilia; Flandes, Alemania, Hungría y Portugal, aparte de las nuevas y ricas tierras de América. Pues bien, a los Felipes les tocó perder una a una todas las tierras europeas. Esto ocasionó graves problemas, religiosos, políticos, internos e internacionales.

Durante la primera parte del Siglo de Oro, bajo Felipe II, monarca sobrio y religioso, florecen los autores místicos como Fray Luis de León y Santa Teresa de Jesús. El Renacimiento se nacionalizó con gran influencia italiana. La poesía se dividió en dos escuelas: la Salmantina (Fray Luis de León) y la Sevillana (Fernando de Herrera). La Escuela Salmantina, entre sus características se encuentra que es concisa en el lenguaje, llana en la expresión, realista en el pensamiento; prefiere la estrofa corta y obtiene con ella muy delicados efectos, la naturalidad y la sencillez lo acompañan siempre, de lo cual deriva la espontánea elegancia de su producción. La Escuela Sevillana, en cambio, es grandilocuente, busca la forma y la pule de modo extremado, su obra es más de meditación que de sentimiento, más de documentación que de observación de la naturaleza y de la vida; prefiere la estrofa larga y la composición extensa y usa con exceso adjetivos y adornos recargados. Esta forma sirvió de base inmediata y de puente necesario para enlazar con las formas italianizantes, los movimientos poéticos que en el mismo siglo XVII se produjeron con los nombres de Conceptismo y Culteranismo.

La Mística y la Ascética

Durante el reinado de Felipe II, que abarca los años de 1557 a 1597, la Literatura Religiosa en España tuvo su mayor auge. La religiosidad del monarca, el espíritu de la Contrarreforma y las costumbres de la época fueron parte en la extraordinaria importancia que ésta alcanzó. La Literatura Religiosa es muy vasta, pues incluye:
  1. La Apologética, la cual presenta argumentos en pro de la religión,
  2. La Ascética, que tiende a inculcar los preceptos de la moral,
  3. La Piadosa, que entona himnos, oraciones o plegarias, y
  4. La Mística, que procura el conocimiento de Dios dentro del propio espíritu, por medio de la contemplación y la meditación.
La producción de los místicos del siglo XVI es de gran importancia, principalmente para el crecimiento y robustez del idioma. Las figuras de mayor relieve en tal género son los carmelitas San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, el agustino Fray Luis de León y el dominico Fray Luis de Granada.

Culteranismo y Conceptismo

Con el Barroco, la literatura perdió la serenidad que caracterizaba al Renacimiento haciéndose artificiosa, ornamental y muy realista en unos casos o muy idealizada en otros. En este período hubo dos grandes tendencias: el Culteranismo y el Conceptismo. El Culteranismo tuvo su máxima expresión en la poesía. Buscó crear un mundo de belleza absoluta y empleó para ello una serie de recursos especiales que oscurecieron muchas veces lo que se proponía decir. Representantes de este movimiento son Luis de Góngora y Argote y Sor Juana Inés de la Cruz. En los diferentes países de Europa se presentaron, al concluir el siglo XVI e iniciarse el XVII, fenómenos análogos a éste como el Merinismo, en Italia y Alemania, el Preciosismo en Francia y, el Enfuísmo en Inglaterra. A poco iniciado el Culteranismo en España, surge un movimiento en cierta forma contradictorio, llamado Conceptismo. El Conceptismo debió su nombre a la asociación ingeniosa de ideas o palabras, es decir, conceptos, no para crear un mundo, sino para manifestar ideas, aún a costa de alterar el orden normal de la frase recurriendo a significados caprichosos. El Conceptismo tuvo su principal medio de expresión la prosa. El autor representativo de esta corriente es Francisco de Quevedo y Villegas. Paralelamente a estos dos movimientos, muchos autores siguieron fieles a la tendencia renacentista por su serenidad formal de expresión, que no consideraban contraria a temas típicamente barrocos como el pensamiento de la muerte, el desengaño o la brevedad de la vida humana.

Los Cronistas de la Nueva España

Al iniciarse el siglo XVI, las tierras descubiertas (Cristóbal Colón, 1492, Cuba y Santo Domingo; Juan Cabot, 1497, Terranova; Alonso de Ojeda, 1499, Ecuador; Vicente Yáñez Pinzón, 1500, Río de las Amazonas; Juan Ponce de León, 1512 La Florida; Vasco Núñez de Balboa, 1518, El Océano Pacífico; y Francisco Pizarro, 1525, El Perú), pasan a la categoría de tierras conquistadas. Descubridores y conquistadores narran sus hazañas, por alcanzar renombre o, simplemente, para conservar el recuerdo de cosas vistas y hazañas realizadas. Posteriormente, los frailes llegan para mediar la sed de oro y la afiliación de los indios a la fe católica, relatando las costumbres, creencias, ritos, los medios y resultados de dicha evangelización. Desde un punto de vista literario, las crónicas escritas por hombres que vivieron los hechos que narran y a los que no animó propósito literario propiamente dicho, muestran el castellano del siglo XVI. Entre ellos se encuentran Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés, Motolinía y Fray Bernardino de Sahagún.

La Novela Pastoril, la Histórica y la Picaresca

La Novela Pastoril es de origen italiano como la Sentimental. Al mediar el año de 1558 apareció la primera Novela Pastoril española: La Diana, escrita por Jorge Montemayor. El asunto de esta novela es artificioso, insincero y sin vigor en la forma ni viveza en la descripción; pero es valiosa, a pesar de ello, por la tersura de su prosa y por ser la primera de su género producida en España. Posteriormente, por el éxito obtenido, surgió La Diana enamorada de Gaspár Gil Polo. De este género, Lope de Vega escribió La Arcadia y, Miguel de Cervantes compuso La Galatea. La Novela Histórica es un género en que se aprovecha elementos de la historia y de la leyenda, con fines moralistas, satíricos o simplemente de pasatiempo. Los elementos legendarios e históricos relacionados con las guerras de moros y cristianos constituyeron muy valiosos recursos en los siglos XVI y XVII. La Novela Picaresca es el género más español, fecundo y vigoroso de los anteriores. Se caracteriza por el realismo de los tipos que en ella se mueven, el ambiente social en que se desarrollan las aventuras que refiere, la ironía de que satura las situaciones y personajes que pinta y por la forma desaliñada y auténtica del lenguaje que en ella se habla. La Picaresca baja en línea directa de La Celestina, El Corbacho, y El Libro de Buen Amor. Es regularmente autobiográfica, como se necesita para que el autor pueda expresar las interioridades del pensamiento y de la emoción del personaje principal. Por la extracción social del protagonista, y el ser ‘una apología negativa y humorística del hambre’, es la Picaresca el polo opuesto de la Caballeresca que es aristocrática, artificiosa y del todo irreal. La primera Novela Picaresca conocida es El Lazarillo de Tormes; a ésta siguen: El Pícaro Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán; La Vida del escudero Marcos de Obregón, de Vicente Martínez Espinel; El diablo Cojuelo, de Luis Vélez de Guevara y La Vida del Buscón llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejos de tacaños, de Quevedo.

El Teatro en el Siglo de Oro español

Juan de la Cueva, en la mitad del siglo XVI, introduce dos elementos de gran importancia para el auge de esta producción artística: la ética popular, que dio origen a las comedias de carácter histórico nacional y la libertad de componer obras dramáticas teniendo en cuenta el gusto del público. Lope de Vega y Tirso de Molina llevaron a su plena realización estas características. Por otro lado, en México, se destaca la producción de Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza. Las representaciones teatrales de Lope, Tirso, Alarcón y Calderón de la Barca, se efectuaban en sitios abiertos, plazas o corrales fijos. Comenzaban por las dos de la tarde y duraban hasta el anochecer. No había por lo común asientos, y los espectadores permanecían de pie toda la representación, por lo que eran llamados la infantería, y por asistir armados con legumbres y otros proyectiles que disparaban contra autores y actores cuando la representación no era de su agrado, se les llamaba la mosquetería. La nobleza ocupaba los balcones y ventanas de las casas que rodeaban la plaza o daban al corral, y las damas asistían al espectáculo con la cara cubierta con mascarillas o tras de las celosías. La función comenzaba con la ejecución en guitarra de una pieza popular; en seguida se cantaban canciones acompañadas con diversos instrumentos. Venía luego, la loa, especie de explicación de los méritos de la obra y síntesis de su argumento. Principiaba la comedia u obra principal, y en los entreactos se ejecutaba bailes o se representaban entremeses. El escenario era un simple tablado y la decoración una cortina. Los cambios de escena eran anunciados por uno de los actores que dirigiéndose al público decía: estamos en el palacio; ahora estamos en la calle o en la iglesia. La imaginación del espectador hacía lo demás. Las representaciones de los Autos Sacramentales eran en la plaza pública, en los días de fiesta religiosa, particularmente en la del Corpus donde asistía el rey, la nobleza y gente de todas condiciones.















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